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La lección del silencio de María Montessori

Ella era una doctora en medicina que, por haberse especializado en la cura y educación de niños anormales, desarrolló métodos para la educación de los sentidos, que aplican también a los normales. El centro de su didáctica está constituido por muchos y variados materiales que acicatean el desarrollo sensitivo y mental de los niños, desempeñando también funciones auto-correctoras. Su “Casa de los Niños” creaba un ambiente propicio para la auto-educación de los niños y para su integración social. Un trabajo que describe uno de los aspectos menos conocidos de María Montessori es La lección del Silencio, un ejercicio que debería llamar la atención al maestro salvadoreño, que vive inmerso en una escuela llena de estridencia, nerviosismo y agitación.

Una de las tantas interesantes innovaciones escolares características del Método Montessori la constituye la llamada lección del silencio. “Las únicas pruebas de la agudeza auditiva que hemos realizado con éxito en nuestras escuelas”, dice la autora, “son las hechas con el reloj y llamando a los niños en voz baja. Estas pruebas son puramente empíricas y no permiten establecer una medida, pero no por eso resultan menos útiles. La prueba del reloj consiste en hacerles oír, en medio de un silencio absoluto, el tic tac del reloj y todos los leves rumores que generalmente pasan desapercibidos para el oído. La prueba de la voz consiste en llamar a los niños con voz apenas perceptible, uno a uno, desde una habitación vecina. Para preparar estos ejercicios es preciso antes enseñar a los niños a hacer el silencio. Les acostumbro a este por medio de varios juegos, que contribuyen en gran manera a producir la sorprendente disciplina que muestran nuestros niños. Les llamo la atención sobre mí misma, que estoy silenciosa. Me coloco en varias posturas de pie o sentada, inmóvil, silenciosa, sin mover un solo dedo, que podría producir un ruido, aunque fuera apenas perceptible, mi respiración también podría oírse, procuro que sea silenciosa, todo queda sumido en un absoluto silencio. Llamo después a un niño y lo invito a imitarme. Mueve un pie para colocarlos mejor, ¡hace ruido!; mueve un brazo, rozando imperceptiblemente el sillón, ¡he aquí otro ruido!; su respiración no es todavía completamente silenciosa como la mía. Durante este ejercicio, y mientras hablo, interrumpiendo mi explicación con momentos de inmovilidad y silencio, los niños se quedan encantados escuchándome y mirándome. Muchos se interesan por una cosa que no habían observado nunca, esto es, que hacemos mucho ruido sin notarlo y, además, que existen varios grados de silencio. Hay un silencio absoluto cuando nada, absolutamente nada se mueve. Los niños me miran asombrados cuando me coloco en pie en medio de la clase y que estoy allí como si realmente no estuviera. Entonces todos se esfuerzan por imitarme, y yo les advierto cuando uno u otro mueve un pie inadvertidamente. La atención del niño se concentra sobre todo su cuerpo en un vivo deseo de conseguir la inmovilidad. Mientras esto sucede se produce un silencio muy distinto de lo que superficialmente llamamos silencio; parece que gradualmente desaparezca la vida y que la sala vaya quedando vacía, como si no hubiera nadie. Entonces empieza a oírse el tic tac del reloj de pared, y aquel tic tac parece aumentar la intensidad a medida que el silencio se hace más profundo”.
De afuera del patio, que parece tan silencioso empiezan a llegar a nuestros oídos varios ruidos, un pájaro que pía, un niño que pasa. Los niños quedan maravillados de un tal silencio como de una conquista realizada por ellos mismos. “Ya no queda nadie, dice la directora; todos los niños se han marchado”. En este momento se cierran las ventanas y los postigos de modo que la habitación queda sumida en una semiobscuridad y se invita a los niños que cierren los ojos y a que se los tapen con las manos, apoyando ligeramente la cabeza. En esta obscuridad y en medio del silencio absoluto se les dice: “Ahora escucharéis una voz suave que os llamará por vuestro nombre”. Entonces, desde la habitación inmediata, por la puerta entreabierta, los llamo en voz baja, pronunciando lentamente las sílabas de sus nombres, como cuando se llama a una persona distante en la montaña, y esta voz misteriosa parece que les penetra en el corazón y habla directamente a sus almas. Cada niño que se siente llamado levanta la cabeza, abre los ojos como si saliera de un sueño y se siente feliz; se levanta silencioso, procurando no tocar las sillas, y anda en puntillas tan delicadamente que apenas se percibe su paso, aunque todavía se oye en el silencio absoluto y la inmovilidad que persisten. El niño se dirige a la puerta con semblante alegre, da, quizá, algún salto en la habitación vecina sofocando sus pequeños accesos de risa; o bien se coge de mis vestidos apoyando su cabeza contra mi cuerpo y se pone a mirar a los compañeros que permanecen en su expectativa silenciosa. El llamado se siente casi un privilegiado y, no obstante, sabe que todos serán llamados, empezando por el que guarde el más profundo silencio.
Así, cada uno espera ser llamado antes y procura mantener su actitud de modo más perfecto. Vi una vez una niña de tres años que procuró sofocar un estornudo, y lo consiguió, conteniendo con todas sus fuerzas su respiración. ¡Esfuerzo verdaderamente sorprendente! Estos juegos entusiasman a los niños; sus semblantes, que expresan su concentración de espíritu y su paciente inmovilidad, revelan el gran placer que experimentan. Al principio, cuando todavía desconocía el alma del niño, les enseñaba caramelos y juguetes prometiéndoles entregarlos a los que fueran llamados, suponiendo que los regalos debían ser los atractivos indispensables para obtener tales esfuerzos de su parte. Pero pronto me di cuenta de que esto era inútil. Los niños, después de haber realizado los esfuerzos y de haber experimentado las emociones y los goces del silencio, se sentían del todo felices, felices por haber alcanzado una nueva victoria. Esta era su verdadera compensación y olvidaban la promesa de los dulces y los juguetes. Abandoné, pues, ese procedimiento inútil y vi con sorpresa que el juego se perfeccionaba cada vez más hasta llegar a mantener niños de tres años inmóviles y en silencio durante todo el tiempo que transcurría mientras se llamaba y salían los otros 40 niños. Entonces me di cuenta de que el alma del niño tiene sus premios y sus goces espirituales. Después de estos ejercicios parecía como me quisiesen más; lo cierto es que eran más obedientes y dóciles. En realidad nos habíamos aislado del mundo y habíamos pasado unos instantes juntos y unidos; yo deseándolos, llamándoles, y ellos escuchando en medio del más profundo silencio la voz que los llamaba personalmente a cada uno en particular, jugándole el mejor de todos.

 

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